viernes, 26 de octubre de 2012

Sorpresas te da la vida

Las semanas no siempre empiezan con tantas sorpresas. O diré mejor: no siempre las sorpresas que te depara una semana son tan agradables como la que me visitó a comienzos de esta última. Porque el lunes se daba a conocer la lista de las Top 100 Mujeres Líderes en España. Y yo era una de ellas. Las listas siempre son una quimera. Hay nombres irrefutables. Sea el campo que sea, hay personas de las que nadie duda que merezcan aparecer en ellas. Es evidente que entre las españolas que conozco hay tantas que considero líderes, importantísimas y demás calificativos que las santifican, que son un clásico para esa clasificación. Conozco a muchas mujeres que son líderes, figuren o no en elencos oficiales. Grandes mujeres. Está claro que yo no me puedo comparar -ni oso- con ellas. Y por ende está más que justificado que fuera una sorpresa mi aparición en esta, clasificada en diez apartados: Académicas e investigadoras, Comunicación, Cultura Ocio y Deporte, Directivas, Emprendedoras e Innovadoras, Empresarias, Pensadoras y Expertas, Políticas y Funcionarias, Tercer Sector y Medios
(ahí estoy yo).
Como una buena sorpresa, así me lo tomé yo, agradecida a Mercedes Wullich, directora de la web Mujeres y Cia, que por segundo año organiza la lista que no es suya sino de un jurado tan variado como las propias premiadas, al que igualmente agradezco su voto.
No quiero hablar mucho del ranking, porque incluso yo dudaría de mi misma en mis valoraciones y sentiría vergüenza ajena, sabiendo que mis palabras van unidas a un premio. Pero sí hablaré de algunas mujeres que estaban allí, con sus merecimientos, con su alegría y su buen hacer. Y sobre todo de Mercedes, que ha construido consu empeño una web, que es másque eso, que es una red en la que "pescar" talentos femeninos en España y, desde este año, también en su tierra natal, Argentina, adonde va a exportar el concepto de las top líderes, aunque la mitad de la empresa, que son doce (o sea 6), ya trabaja desde el otro lado del Atlántico. Gestionar los conceptos de género y materializarlos es un lío -para qué engañarse-, un lío porque no tanta gente lo valora, lo entiende y/o lo apoya. Construir una empresa en la que los objetivos tienen que ver con el género es aún más complicado y, para algunos, esotérico. Por eso es más de agradecer, y yo desde luego agradezco, que alguien haga de un tema así su leit motiv. Por eso, gracias Mercedes, a ti y a tu familia que está tan involucrada en ello como tú misma.
Me encantó coincidir con mis amigas Nuria Vilanova, a quien admiro muchísimo por su capacidad de trabajo y visión global; Mónica Deza, ejemplo de trabajadora pero me atrevería a decir que más aún de madre..., y qué madre; y María Gómez del Pozuelo, visionaria de género, líderes en la categoría de Emprendedoras e Innovadoras. Sentí emoción encontrándome con Pilar Mateo, a quien premié en mi época de directora de Yo Dona, líder en la categoría de Académicas e Innovadoras, junto con María Blasco, a quien ambiente había premiado. Como ocurrió con Inma Shara y Edurne Pasabán, aunque ellas no estaban en el acto, líderes en Cultura, Ocio y Deporte. Un honor coincidir con las directivas Karina Szpilka , Amparo Moraleda o Rosa María García a las que admiro profundamente, líderes Directivas. Me sentí honradísima por Catalina Hoffman, Elena Benarroch, Mónica Oriol y Osa Oriol, en la categoría de Empresarias; María Benjumea, en la de Pensadoras y Ana Pastor, en Medios...
Sorpresa agradable. Sorpresa compartida. Gracias y enhrabuena.

sábado, 20 de octubre de 2012

La ascensión del chonismo

Supongo que seria hace algo más de un mes, y supongo bien, porque todavía hacia calor. Es más, hacía un calor insoportable. Pero era lo único insoportable. El resto era placer. Acababan de inaugurar la librería La Central, en la plaza del Callao, en Madrid. Y yo, forofa de la marca, acudí a conocer su bello edificio, con capilla incluida (por cierto, la sección infantil está ubicada ahí donde durante un tiempo se rezó). La sorpresa fue inmensa. Por el continente, el contenido (que es del estilo de librero delicatessen, y no supermercado, que adoro) y porque estaba llena a rebosar de gente. Había turistas, sí, pero sobre todo oriundos, curiosos y compradores de cultura.
Lo disfruté por eso, como disfruto cuando los ámbitos culturales se llenan de vida y esta los inunda de interés.
Lo disfruté como disfruto cuando comparo ese interés cultural con el adocenamiento cerebral al que somete la televisión.
La comparación no es recurrente. Es pertinente. Hace unos días deseé que fuera hora más temprana, para salir huyendo en dirección a La Central, con un único plan: comprobar que la vida es normal, que la ente es normal, que el chonismo no es pandemia. Como la librería ya estaba cerrada a esas horas, decidí ponerme a leer un libro (a la sazón, Misión Olvido, de María Dueñas), capaz de dar un soplo de aire fresco a mis neuronas y a mi corazón, indignadas unas y acelerado por la rabia el otro, después de ver cinco o diez minutos el debut de ese horror -no solo televisivo- vital que es Gandia Shore (remedo patrio de otro esperpento internacional, que es Jersey Shore). No lo pude soportar. Me ofendió. Me dio vergüenza ajena. Me sorprendió tanta chabaquenería reunida en tan pocos metros cuadrados. Ellos y ellas no parecían de este mundo. Mi hija me decía que no me preocupara, que eran actores. Y me producía aún más vergüenza ajena; como si fuera alentador que un grupo de profesionales imitara el ascender social del chonismo, que es lo que parece propugnar el supuesto reality. No me hace gracia el friquismo ni me gusta recrearme en la vulgaridad. No fueron más de diez minutos, para saber de qué iba aquello y para abandonarlo y conseguir el abandono familiar al completo.
Pocos días después, leí que se estaba pidiendo que los anunciantes retiraran la publicidad del programa. Deseé que así fuera. Deseé que aquel esperpento nacional nunca hubiera existido o que, como mucho, fuera un mal sueño. No quiero que la juventud que me rodea mire esos escaparates, como si fueran algo natural. No quiero que se difunda esa imagen de mi país.
Suerte que escribo después de ir al cine, después de ver Lo Imposible, de Juan Antonio Bayona, en unas salas en las que se proyectaba otras dos películas españolas, la de Trueba y Blancanieves..., más una de productor español, A Roma con amor. Y... las salas estaban llenas y la gente se agolpaba para coger sus entradas...motivos para el optimismo.

domingo, 14 de octubre de 2012

Y las niñas españolas, qué?

Me gustó celebrar el pasado 11 de octubre el Día Internacional de la Niña. Aunque me sulfuró. No porque no estuviera de acuerdo en celebrar, no soy de las personas que se oponen a este tipo de eventos, ni de las que los siguen a cuchillo... No, en realidad, los sigo, pero desearía que no tuviera razón de ser su existir. Y más este. Me gustó porque cuando se habla de niñas se habla de las eternas olvidadas, doble o triplemente marginadas, por ser mujeres, por haber nacido en la pobreza y en el subdesarrollo. Me gustó porque con este gesto se recuerda que los objetivos del milenio están para ser cumplidos y que, señoras y señores... -redoble de tambores-, quedan apenas tres años para conseguirlos, y que ni de broma se van a lograr, vamos. Y me horrorizó ver escritas en muchos medios las cifras de la vergüenza internacional. Sentí pena y desesperación y ganas de gritarle al mundo porque, por ejemplo, 75 millones de niñas en el mundo no van a la escuela y una de cada tres no termina la enseñanza secundaria. Porque cerca de 900 millones de niñas y mujeres en el mundo viven por debajo del umbral de la pobreza, con menos de un dólar al día. Porque cada año, unas 800.000 niñas son explotadas sexualmente. Porque, la primera experiencia sexual que viven las "niñas de la calle" suele ser una violación, que se produce entre los 10 y los 14 años. Porque el 50% de las agresiones sexuales la sufren menores de 16 años. Porque cada año aproximadamente 2 millones de niñas son sometidas a la ablación del clítoris. Porque, según informes de UNICEF, en el mundo hay aproximadamente 400 millones de mujeres de entre 20 y 49 años que se casaron siendo niñas, 70 millones de las que tienen entre 20 y 24 (en 2010, 67 millones de niñas fueron casadas antes de los 18 años en países en desarrollo, sin incluir China).
Lo cierto es que este Día Internacional de la Niña se ha centrado en la denuncia masiva del matrimonio infantil forzoso. Un tipo de matrimonio que he leído en algunos informes que va disminuyendo en los últimos años, pero a un ritmo lento. Y que cuando leo otro del Fondo de Población de Naciones Unidas, pienso que de lento, nada, lentísimo -dicho ello de manera irónica, porque lo que veo es que aumenta-: en 2010 la estadísticas dicen que hubo 14,2 millones de matrimonios precoces y se estiman que en 2030 será de 15,1. 
El horror.
Y todos rasgándonos las vestiduras. Yo, la primera.
Y entonces leo un tweet en el que me advierten de que en España las niñas pueden casarse a los 14 años. Y como me sorprende empiezo a buscar información. Sorprendente. Parece cierto. Y ahí me rasgo más las vestiduras y me propongo hacer campaña para que se cambie la edad mínima de matrimonio en España. ¿Por qué -digo yo- las ONG que trabajan en estos temas, y cuya labor alabo al cien por cien no incluyen reivindicaciones de este tipo relacionadas con nuestro país? ¿No es un contrasentido que a los 16 años una niña pueda donar un riñón o hacerse una operación de cirugía estética y trabajar desde esa edad (lo que me parece temprano en ambos casos), por no entrar en la polémica del aborto con o sin autorización paterna a esa edad... y que pueda casarse a los 14, con consentimiento o sin él expresamente expedido si nadie se opone? Seguro que muchas voces dirá -yo tambien lo he pensado, por cierto- que se producen poquísimos matrimonios en esa situación. Cierto. Pero no lo es menos que es posible que esa edad mínima del matrimonio esté relacionada con la de la de consentimiento sexual que en nuestro país se establece a los 13 años, una de las edades más bajas de Europa, si exceptuamos al Estado Vaticano, por cierto que la tiene en los 12 años... No sé al resto..., a mí me parece un escándalo, y un argumento para las ONG españolas.

sábado, 6 de octubre de 2012

Orgullo español

Casi ausente de mi hábitat durante cerca de quince días, Milán y París me prestaron el suyo, que es ya, también un poco el mío, en ese momento del año (uno de ellos) en el que asistiendo a sus semanas de la moda te sientes como una especie de avatar de ti misma, que vive a saltos, que acaba casi con el síndrome de Stendhal (si los turistas no saben dónde vieron qué cuadro, por ejemplo, quienes vemos diez desfiles un día y visitamos ocho showrooms no recordamos en ocasiones qué diseñador optó por el color y quién por el negro..., que por cierto cómo me alucinan las periodistas, estilistas y directoras de moda que no toman notas...!). Dios me libre..., no me atrevería a hacer un resumen de tendencias, que para eso están las especialistas. Pero mi periplo me sirve para saber, desde luego, que nos vamos a hartar de rayas, en la próxima estación, que el negro y el blanco van a volver a jugar a algo más que a las damas, con nosotras mismas, porque no hay combinación más elegida entre los creadores, que la napa no nos abandonará tampoco en la próxima estación, que las plataformas ahora sí que sí están llamadas a desaparecer, que habrá (seguirá habiendo) brillos por doquier, que los tejidos evolucionan de forma maravillosa, convirtiéndose en los reyes de la jugada, cada vez más raros, más exquisitos, más mórbidos, que la mezcla femi-mascu se ha convertido en el ying y el yang auténtico de la moda, que el pelo se recoge exquisitamente, que siguen los accesorios XXL, pendientes incluidos, que los estampados han dejado de ser solo flores, que siguen en forma los geométricos y vuelven los selváticos, que los sesenta se revistan una vez más y que las estaciones se juntan como los polos opuestos, de manera que lo que debería ser primavera parece invierno y el verano torna en otoño, o lo que es lo mismo, que la piel de pelo ha presentado su cuerpo en muchos desfiles, especialmente durante la pasarela de Milán.
La estación ha sido sobria, básicamente, con una atracción asegurada en la lucha entre Dior y Saint Laurent, o mejor dicho entre Raf Simons y Hedi Slimane, con especial interés en el segundo, que hacía su primera colección para la casa (Simons ya había realizado la Alta Cotura otoño-invierno). La pelea se había establecido con antelación, pero claro una cosa es la boquilla y la tinta y otra muy diferente la pasarela. A mí me encantaron ambos. Y hay quien me criticó. Me gustó Dior y su re interpretación de la chaqueta 'bar' hecha vestido; me gustó que incorporase los shorts bajo las faldas y que llevara la rosa Dior a las faldas míticas de noche en tejidos que sobrepasan el siglo XXI. Me satisfizo descubrir que Suzy Menkes destacaba también esas prendas. Y me encantó el trabajo de Slimane, que no vi en directo, sino gracias al diferido de internet. Me apasionó su re interpretación de la sahariana,  sus pantalones y sus chaquetas esmoquin, sus lazos... su aroma al maestro sazonado no de modernidad porque el gran Saint Laurent  lo fue ya mucho, sino de contemporaneidad.
Y hablando de contemporaneidad, me fascinó la pequeña (y segunda) colección de la modelo española Vanesa Lorenzo, que visitamos Natalia Bengoechea y yo con auténtico cariño, el que se merece Vanesa, siempre tan cariñosa y normal... Su colección inteligente, con piezas simples y absolutamente llevaderas ¡siempre!..., ropa que  se nota que es la que le gusta llevar a ella, también mezcla de verano e invierno..., realizada en materiales exquisitos, como cahsmeres, linos y hasta las telas de lengua mallorquinas... Por eso digo que sentí orgullo español.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Señoras, a los fogones

Siempre he querido hacer cursos de cocina, claro que nunca sé si me gustaría hacerlo o
más bien me gustaría que me gustase, porque pertenezco a ese grupo de personas que pensamos que cuando algo quieres o algo te gusta lo haces..., y, eso, pues yo no lo he hecho y nunca encuentro ese tiempo requerido para hacerlo. Pero bueno...
Me gusta cocinar.
Me gustan los libros de cocina y los marco como si cada día fuera a experimentar una de sus recetas.
Me gusta comer, y siempre digo que merecería ser una gordita a tenor de mi gusto por comer mucho y bien.
En los últimos días me he  provisto de dos libros de cocina que me van a acompañar durante la próxima temporada, lo que no deja de ser importante cuando se están renovando los armarios... Y no es una tontería que pienso o escribo..., porque la cocina es la nueva moda.
El primero es un libro por el que siento un cariño especial, entre otras cosas porque es idea y realización de mi hermana Gema, involucrada en los proyectos de la ONG Fundacion Jigi Seme, "Sostener la esperanza", que trabaja para mejorar la vida de los niños de Burkina Fasso. Lo más curioso del libro, cuyo título Recetas contra el hambre es no solo su lento sino elocuente, es que las recetas son internacionales (vaya novedad!), pero seleccionadas por niños que aparecen con sus nombres y apellidos (y los dibujos de sus recetas (y esto sí que cambia el cuento!). Se trata, pues, de rcetas sencillas..., tan simples como la hambruna que sufre la población burkinave, entre otras cosas debido a la sequia con la que desgraciadamnte ya se han acostumbrado a existir. El libro puede pedirse por internet, a través de la página www.fundacionjugiseme.org

El otro guarda conmigo también lazos sentimentales porque es obra de la insistencia de un amigo periodista asturiano (remarco lo de asturiano por lo que sé que les gusta comer por esos lares) que ha pasado años trabajando hasta conseguir su sueño: concentrar en una publicación a mujeres, grandes mujeres, grandes cocineras, de toda España. Hay una mujer en la cocina se llama el libro, que Gervasio Pérez dedica a su madre y que cuenta con la experiencia y los platos magníficamente bien explicados de 48 mujeres chefs de todo el territorio español.
A imitar. Y a comer.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Buenas maneras

Cuando era pequeña y escuchaba a mi bisabuela hablar de las clases de urbanidad me partía de la risa. Me parecía, claro, trasnochado. En mi casa se hablaba de educación. Sin más. Ayer escuché a uno de mis sobrinos, que ha pasado parte del verano en un campamento estadounidense, hablar de las clases de Manners, maneras, modales... o lo que mi bisabuela llamaba urbanidad. Recordé pues con cariño a aquella mujer que siempre vestía elegantemente de negro... Y ya no me reí de su término urbanidad, como no se me ocurriría reírme del término manners. Viene bien recordarlo, enseñarlo cuando tienes hijos y aprenderlo casi de bebé. Y lo digo estigmatizada y chocada como me ocurre cada verano, por los comportamientos observados en la playa y en los viajes.

Los vociferios en las playas, por ejemplo, o quienes sacuden la arena de su toalla en tus narices y a favor de tu viento, o sea contra tu cara o tus nalgas no aprendieron maneras y se quedaron en el egoísmo infantil del ya mismo y como yo quiera. Quienes viajan en avión con la chancla puesta, la camiseta a medio camino entre la ocean que usaban nuestros padres y la de campeón olímpico, por supuesto con bermudas casi bañador o el biquini asomando bien visible por la camisa o la camiseta y los hot-hot-hot pants, como si el aeropuerto estuviera en primera línea de playa, esos tampoco recibieron las útiles clases de educación en maneras. Es probable que alguien piense que soy una rancia o una antigua y me da igual, completamente igual. La chancla no es zapato para viajar en avión o tren ni para acudir a una entrevista de trabajo. El biquini es para la piscina o la playa o el río y no para andar por la calle o exhibirlo en el viaje, por más que hayas aprovechado hasta el último minuto de sol (por cierto, qué horrible a la par que poco saludable el moreno marrón chocolate que aún pasean algunos cuerpos), antes de volver a casa.  

Con lo que no estoy completamente de acuerdo es con que esas maneras, es decir las buenas maneras, deban impartirse en el colegio o en campamento. Todo eso se aprende en casa. De esa responsabilidad habría que examinar a los padres, y la asignatura enseñarse casi desde los primeros meses de vida, con mucho cariño (que considero clave esencial para que la disciplina se adquiera y asuma más como una riqueza que como una condena). La educación, la responsabilidad, las buenas formas son elementos fundamentales para la convivencia. Se valoran y se echan de menos en cualquier actividad en la que interviene más de uno; en la pareja, en la familia, en la comunidad de vecinos o en el trabajo, mucho en el trabajo.  

martes, 4 de septiembre de 2012

¿Es visionaria la moda española?

"Las personas que están suficientemente locas como para pensar que pueden cambiar el mundo... son las que lo cambian." Leo esta frase en la biografía de Steve Jobs y ya no puedo dormir. Tengo que ponerme a escribir. Porque la frase ha dado en el clavo o ha dado un martillazo más -tal vez el necesario-  a mi clavo, al que tiene que ver con la creación, a ese que toca y retoca en mi cabeza sobre todo después de ver la pasarela de moda madrileña. Es verdad, puede pensarse que nada tiene que ver la moda con el Mac, la pasarela con Jobs... Y es cierto, o relativamente cierto, porque ya nada podemos hacer sin la informática y el santo Jobs (que de santo no tuvo nada y de paciente menos) nos cambió la vida, y me atrevo a creer que para siempre y también la del mundo de la moda, aunque solo sea porque gracias fundamentalmente a él cualquiera hace fotos en la pasarela y vídeos que lanza al mundo, que ve casi en directo lo que nuestros propios ojos. El caso es que la frase es la que acompañó a una de las magnificas campañas Mac, aquella que decía "Piensa diferente". Esa frase me la he repetido en innumerables ocasiones estos días en los desfiles de la Mercedes Benz Fashion Week Madrid. En plan critico. Sí. Desde luego.
Durante años he defendido y apoyado la moda española. Durante años he aplaudido su internacionalización. Durante años he mostrado un panorama de moda española que despuntaba. Durante años he hablado de marca España. Y hablo en pasado solamente para tomar impulso para después decir que seguiré haciéndolo, porque soy española,,pies sí, pero no soy nada fanática, sino más bien porque creo que es la nuestra y que debemos apoyarla en lugar de denostarla, como en ocasiones se ha hecho. Pero no hay mejor manera de apoyar, de ayudar, que la de la lealtad, la de llamar a las cosas por su nombre. Me decía un fotógrafo acostumbrado a recorrer ciudades internacionales fotografiando sus desfiles que si en París se había notado la crisis cómo no iba a notarse en Madrid... Y así debe de haber sido, aunque la verdad es que yo he visto buenos desfiles en esta edición de la pasarela y, por ejemplo, unos tejidos que han mejorado en los últimos años. Pero parafraseando a Jobs, ¿Quieren los diseñadores españoles cambiar el mundo..., aunque sea el de la moda? Se diría que no. Porque en general no piensan diferente. Y no sé cómo no se aburren. Adoro a muchos de ellos. Son brillantes. Se merecen que les vaya mejor. Deberían tener mejor distribución, y una industria adecuada, y una mayor visibilidad en los medios de comunicación... Pero yo pediría una reflexión generalizada: pensar diferente para la próxima pasarela. Eso supone, por ejemplo, dejar volar más la imaginación..., porque si la pasarela no tiene algo de fantasía y de magia..., para qué hacerla..., no se trata de presentar imposibles, pero sí de incitar, como poco, al sueño. Pensar diferente es estilizar los desfiles, buscar un ojo que ayude, nuevamente, a comercializar la magia o a hacer magia con lo comercial. Pensar diferente es abrir la mente a estímulos, a inspiraciones, para inspirar después al respetable. Y es también editar los desfiles, lo que equivale a acortar, limpiar y dar esplendor... (hablo por mi propia experiencia: mis textos mejoran cuando otros los leen..., ya estoy esperando a algún gracioso o graciosa que me diga que se nota que este no lo ha leído nadie..., a lo que contestaré que, en efecto, así es..., que hay que reírse de uno mismo), porque no entiendo la manía de hacer desfiles largos sobre todo cuando son largos y repetitivos. Pensar diferente significa arriesgar, y eso no tiene nada que ver ni con la crisis, ni con las oportunidades, ni con las fechas; supongo que tiene que ver con las ganas, con la pasión, con el deseo de poner patas arriba las cosas, para cambiar el mundo, aunque sea el mundo de la moda. ¿Jugamos?